jueves, 24 de mayo de 2007

Respeto por la montaña. SIEMPRE!

Habíamos llegado al Catedral ese día y teníamos esas ganas de siempre cuando uno llega de salir a comerse la montaña. Mi compañero de riding ese día despejado y frío era Miguel y habíamos surfeado toda la mañana, desde la primera silla, buscando algo de polvo pero lo único que encontrábamos era cartón duro.

Llegó el mediodía y nos sentamos a hacer el segundo mejor deporte, que es comer, y ahí empezó a patearme la moto de que teníamos que ir para el lado de la Palmera, que iba estar bueno, que él recordaba bien los fuera de pista y el eventual caminito de vuelta.

Yo no estaba muy seguro de su idea porque la nieve parecía estar dura en toda la montaña, pero él estaba determinado en que había que probar, que "siempre" está bueno La Palmera y que recordaba perfectamente el caminito de vuelta.

Terminamos de comer y arrancamos a las sillas de Condor. Cuando bajamos del último tramo y fuimos hasta el mirador de tirabolas dónde había que mandarse sin posibilidad de retorno, intenté frenarlo una vez más con un "Estás seguro Gordo, no? Mirá que vamos por las tuyas porque yo esto hace tiempo que no lo surfeo y además la nieve no se ve muy buena acá ¿Por qué pensás que va a estar mejor más aba..." No había terminado de hablar cuando me interrumpió con el clásico "Somos boarders on no, Gonza? Dále, no seas cagón! Si está choto salimos rápido por el caminito". "OK, somos boarders y te sigo a todas partes" contesté con toda la seguridad que me permitía el nudito que sentía en el estómago y que me decía "Otra del Gordo botón, la verdad es que no quiero ir pero no lo voy a dejar sólo".

Dicho y hecho, partimos del corral de tirabolas hacia la Palmera, recorriendo los camellos que hay que pasar al principio con toda la velocidad que nos permitía el maldito cartón, al borde de la piña en todo momento. "No te preocupes Gonza, seguí que acá nomás se pone increíble...!" Para este momento ya estaba embarcado, no había vuelta atrás y al Gordo le quedaban -10 de credibilidad. Pero eso ya no importaba, estábamos ahí y había que surfearla.

Confirmado el presentimiento: cuando llegamos a la Palmera era un desastre y nos limitamos a hacer una patética bajada inicial en el más puro estilo "lastimosa derrapada de canto". No se imaginan lo que era, realmente un desastre.

Cuando llegamos a donde se veía y había que cruzar para llegar al bendito caminito, el Gordo tiró otro hit: "No Gonza, seguí para abajo que hay otro que llegamos al toque..." Miguel ya había fallado en una de sus predicciones, pero yo tenía tantas ganas de salir de ahí rápido para volver a las pistas que le creí la segunda premisa, que sabía por donde se salía. Error.

Bajamos unos 30 metros del punto de no retorno al caminito y nos metimos de lleno en el valle de un río insurfeable: lleno de bloques de hielo, con pozos visibles y otros que se abrían cuando pisábamos, con cañaverales malditos porque eran impasables y benditos a la vez porque era de lo que nos colgábamos para pasar algunos pozos más profundos que mirabas para abajo y leías "caete aquí y aquí te quedás". En un momento escuché un grito de Miguel que gritaba “Ojo Gooon”, yo no podía hacerlo porque estaba mudo del miedo que tenía cuando me quedé colgando de unas cañas con un pozo de 10 metros lleno de piedras y agua abajo. Vieron cuando uno dice “No puede ser que esto me esté pasando. Hace 1 hora estaba surfeando tranquilo y ahora estoy peleando por seguir vivo”. Bueno, no sé cómo, pero la pasé.

Irreproducibles verbalizaciones siguieron, no entre nosotros, sino hacia las situaciones que teníamos que sortear en esos 45 minutos que nos llevó bajar unos 80 metros más abajo donde empezaba la pesadilla 2: una planicie de unos 300 mts que parecía ser el camino tranquilo de vuelta hacia las pistas pero que resultó rebautizado 2 horas más tarde como el Valle de la Muerte.

Habíamos terminado de bajar el río y antes de entrar a este valle nos tomamos un descanso largo, estábamos muy cansados pero también agradecidos de no haberla quedado en el río. Luego de unos 20 minutos dijimos "bue, arriba. Terminemos con esto, vamos hacia el caminito que se ve allá". Estaba cerca, a unos trecientos metros.

Empezamos a caminar y la "p...madre que lo p...". El valle estaba lleno de nieve cartón blando y cada 2 pasos que dabas, BLLOOOOOMMMM!, te hundías hasta la ingle. Los trescientos metros empezaban a parecer 300 kilómetros. Si nos ofrecían patear a Luján, no la dudábamos.

En el Valle de la Muerte ya no teníamos peligro por pozos grandes o precipicios, sino porque empezamos a sentirnos realmente cansados. Hubieron momentos de risa por no llorar porque más cosas no nos podían pasar en ese camino. Miguel no daba más y decía “Yo me quedo acá Gonza, te juro, no puedo más”. Se levantaba y la mejor fue cuando de repente oigo un “La c….de la lora” y miro para atrás para ver las patas de Miguel arriba de la nieve y el metido en un pozo de culo contra la raíz de un árbol hundido punteándole el mismo órgano. Era reirse y llorar al mismo tiempo.

Llegamos finalmente al caminito y era impresionante ver cómo se comporta la cabeza porque recuerdo que los últimos 20 metros, los más fáciles de caminar también fueron los más largos para mi. Empecé a sentir un cansancio que nunca había sentido y cuando finalmente llegué al camino, me desplomé. No podíamos más y nos quedamos media hora sentados ahí, echados mejor dicho, recuperando el aire, el alma y sintiéndonos como Di Caprio cuando decía “No iba a morir hoy!!!”

Seguro que muchos de ustedes surferos de la nieve tendrán peores historias, pero esta es la que me tocó vivir a mi. Como amante de los deportes extremos, sé que estos sólo se disfrutan cuando uno los respeta tanto como los controla. Habíamos violado esa regla, así nos fue y lo único positivo que saco es la experiencia de como si hacés estupideces la naturaleza te recuerda al toque que con ella no se jode.

Cuidate. Querete. Ojito. Ojete.

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